jueves, 21 de marzo de 2013

ENCUENTRO LEJANO.Por:Juan Pablo Arismendy Morales


Sin hacer el menor ruido, la cápsula aterrizó. Levantó una gran polvareda que opacó la visión por un momento. Hacía 40º C de temperatura. El ojo electrónico inspeccionó el lugar, mirando detalladamente a su alrededor. No lograba detectar nada, solo rocas y una vieja construcción en frente. Parecía una casa. Había cuerdas que iban de un lado a otro atadas a estacas de algún material extraño. Había colgadas a las cuerdas extrañas membranas de un material flexible aunque relativamente resistente. Tales membranas reflejaban algunas frecuencias de onda, por lo que eran percibidas en blanco.

Un artefacto de forma circular en una de las paredes de la edificación tenía inscrito en su interior 12 símbolos; una fibra pequeña señalaba el símbolo 2 y otra más grande señalaba el símbolo 12. Al otro lado del Universo, un ser deducía con su lenguaje telepático: “Eso debe ser alguna especie de máquina que lleva el conteo de la dimensión temporal” – “Pero luce extremadamente primitivo, no creo que tenga la precisión de nuestro Marcador de Agujero Negro” dijo otro.
Una criatura salió de la edificación; parecía una hembra de la especie dominante del planeta. La acompañaba otra criatura, no tan “evolucionada”, mucho más pequeña y cubierta totalmente con finos y cortos filamentos oscuros. Su espina dorsal se prolongaba formando un apéndice o una clase de extremidad sin función aparente. Emitía un sonido grave, casi inaudible, y luego un sonido agudo relativamente armónico. Caminaba y trataba de rozar las extremidades inferiores de la criatura mayor.
“Qué pena por los marcianos, – se lamentaban los seres en sus propias expresiones mentales – debe ser agobiante tener de vecinos a estos organismos”.

La hembra recogía las membranas colgadas y las depositaba en un recipiente grande. Se encontraba a 50 cm. del visor, pero no se percataba de su presencia ni de su cercanía a él. El bicho pequeño sí percibió la presencia e inmediatamente tensó sus extremidades y los filamentos de su lomo se erizaron. La hembra se asustó y dejó caer una membrana humectada con alguna sustancia transparente sobre la nave, obstruyendo la visión del ojo electrónico.
Al otro lado del Universo, horrorizados ante semejante situación, los seres concluían: “Definitivamente hay que exterminarlos, parecen ser muy infecciosos”.

GUERRA DE LETRAS. Por: Ha Z


Cuando la luna se escondió tras las montañas, apareció galopando en su corcel negro, más negro que cualquier caballo que el lector haya visto. De la trama del tiempo se hizo amo para entrar en cualquier momento, era amigo de la araña que la tejía, una mosca insignificante que ahora le hablaba al oído.
Su papel era el de villano, su historia tenía que ser magnífica, a gran velocidad avanzó galopando en el asfalto temporal, yo no lo vi, pero me contaron, no quemó mi aldea pero si la de los antiguos habitantes de algún país que visitaré algún día.
Ese viernes, las campanas de los pueblos vecinos repicaron sin que nadie las tocara, en el horizonte el anaranjado color anunció el nacimiento de una leyenda.  Los aldeanos sintieron en sus huesos la pluma pesada del escritor demiurgo, un escalofrío repentino recorrió los cuerpos despertando un temor en las carnes, cada célula se sintió amenazada, y no era para menos; un otro había despertado, un alguien era consciente y ahora quería jugar, y traía puesta una corona, un sombrero de olivos.
Dicen los que vieron, que mientras dormían, un rayo atravesó sus sienes, los monjes de los monasterios abrieron sus ojos y no meditaron más, el cuento los llamó a actuar, no estaba en peligro la existencia sino la historia misma.
Pronto se supo en todos los rincones de la página, que la personificación del mal había aparecido, alguien había tomado el sendero oscuro y lo había hecho suyo, el camino sin luna ni estrellas venía galopando sobre un corcel invisible. Muchos se hincaron a sus pies, cuentan que cuando llegó a la capital, príncipes y reyes hacían fila para colmarlo de bienes y regalos, llegaron de los 7 puntos no-cardinales para rendirle honores.
Se instaló en el palacio del rey, sus sirvientes eran príncipes, su corona de olivos era la bandera que ondeaba en todas las catedrales. Sus manos eran de carne y hueso, su aliento apestaba a cerdo, como el de todos, su barba era roja, sus cejas castañas y su pelo blanco y largo como una capa. Sus ojos centelleaban, tenía fuego, literalmente fuego ardiendo en sus pupilas. Sus piernas eran delgadas, enfundadas en unos pantalones oscuros y ceñidos que parecían brotar de sus propios huesos. Le ruego al lector que le ponga cara de villano, y una camisa normal de la época en que lea.
Su voz sonaba en los corazones de quienes lo veían, buscaba con afán al enemigo, al bueno del cuento, al príncipe gallardo al que se enfrentaría, al apuesto caballero en un corcel blanco que le haría frente. No encontró al valiente en ningún corazón que miró.  Pero sabía que en algún párrafo aparecería, si es que no se había insinuado ya.
El castillo de la bandera de laurel, se encontraba repleto, la ciudad estaba llena de soldados y cada vez se adivinaban más caballeros en el horizonte, no había ya ninguna casa que ocupar, y las tiendas se alzaban en la planicie por doquier. Los cuernos sonaban y mensajeros iban y venían, trompetas de guerra convocaban a cualquiera que hubiera sentido el llamado del nuevo señor.

Mientras tanto en el monasterio, se buscaba otra pluma para rayar la hoja en blanco, justo después del párrafo anterior. Los monjes afilaban sus lápices, y preparaban sus pinturas, el buda caminaba de nuevo con paso ágil dando órdenes. Pergaminos antiguos se desenrollaron, polvo de antiquísimas historias llenó el modesto lugar al borde de un acantilado. Los ojos miraron, de nuevo se concentraron en esta realidad, las miradas cargadas de fuego de varias moscas parlantes buscaban la forma de parir avispas de papel, bueno, en realidad no muchas, solo una capaz de matar arañas. El buda despertó a varios dioses, invocó a buenos y malos de historias pasadas y futuras, resucitó reyes leales a su voluntad y durmió a aquellos que aún no habían sucumbido al poder del nuevo señor, pero que lo harían. Llegaron hombres santos de todas las regiones del hectaedro, todos débiles y famélicos, cansados y con ganas de volver a ignorar el cuento.
El buda no encontró un ejército digno de oponerse al del nuevo señor, todo lo que tenía era hombres de buena voluntad, y uno que otro malo de una historia en la que se había visto vencido, y algunos buenos vencedores. En realidad, dicen que no se preocupó, se rió cuando uno de los antiguos reyes le mostró la debilidad de su ejército. Dijo su nombre, y el verdadero nombre de cada uno de los presentes en su monasterio, y a cada canto, cada personaje se convirtió en todo un hércules. Ruego al lector que si nunca vio a hércules, o no conoce sus hazañas, se imagine al hombre más fuerte que conozca.
Las campanas sonaron como llamada a la guerra, todos los monasterios con todos sus budas musculosos se juntaron en una sola línea.
El malo del cuento leyó a su oponente en el párrafo anterior. Supo su condición pero no su nombre, y propuso un cambio justo al escritor, reveló su nombre para que fuera escrito, a condición de saber el nombre del santo. El demiurgo le susurró el nombre del santo, es Odishsus. El nombre del malo es Demiapán.
Demiapán nombró a Odishus, y Odishus nombró a Demiapán, ahora ambos se pertenecían y habían entrelazado sus letras para encontrarse en la misma página, al párrafo siguiente.

Cabalgaduras de todas las formas y tamaños, vivas o muertas, pasadas y futuras, salieron del monasterio, volando, reptando, caminando, corriendo, nadando. Mientas que del castillo de la bandera de Laurel, a paso de conquistador se encaminaron los sirvientes de Demiapán. Se acercaron letra por letra, y se encontraron frente a frente en este párrafo, alzaron sus vocales y cantaron guturalmente con sus consonantes para atemorizar al enemigo. Odishus y Demiapán, reservaron un sitio en el centro para encararse, en toda la planicie se veían santos musculosos y reyes malditos odiándose con agua y fuego en sus ojos. Armas multicolores adornaban todo el espacio, la página se llenó de un espeso humo de antorchas y cabezas encendidas. Ojos de todos los lectores se entornaron para entender lo que estaba pasando. El campo de batalla se dibujó ante la vista de todos, como en las mejores batallas en las que el lector haya participado.
En el centro, justo en medio de Odishus y Demiapán, un tablero de ajedrez, con todas sus fichas bien puestas, pero un poco diferente al que el lector normal puede conocer; con sus siete lados y sus 777 casillas, y sus 333 piezas, alineadas y listas para jugarse la vida.
Las miradas de fuego del buda y el nuevo señor se concentraron en el tablero, las letras fueron y vinieron, los minutos pasaron, el tiempo se consumió ante la vista de cualquiera que lea. De repente el grito final, Demiapán recitó el alfabeto completo mientras se hacía mosca en el matamoscas, aplastada junto al rey de su parte que cayó a manos de la dama del buda. La avispa había picado a la araña. Los monjes tenían los huevos listos. ¡La araña ha muerto, viva la araña! gritaron todos los que se encontraron en estas líneas.
El demiurgo ha contado otra historia. El lector la ha leído. El escritor no tiene ni idea de qué acaba de pasar.

FIN DEL ENGAÑO.Por: Oscar Javier Zapata Hincapié


Todo salió como lo pensé. No vieron el ímpetu cuchillo, ni el brillo helado del filo que atravesó su pecho, ni el pulso de su pánico le ayudo para gritar. Ya la primera gota de sangre manchaba de rojo fúnebre su blanca piel, sus músculos excitantes se contraían en el que iba hacer su último orgasmo de sangre hirviente y de tétrico espanto.

 

Había comenzado a sospechar de sus engaños a través de las inusuales y esporádicas llamadas y salidas en horas en las que ella nunca frecuentaba hacerlo. Testigos oportunos y otros insolentes, me daban afirmaciones verídicas de encuentros que no sólo tenían un carácter amistoso. Esto me comenzó a generar una ira insoportable que salpicaba cualquier momento de tranquilidad, todo reproche que le hacía finalizaba con fuertes discusiones en las cuales fui el culpable por los excesivos celos que me daban; y saber que no eran solo celos, era también una realidad escondida, secreta, pues realizaba mórbidos encuentros cuando me encontraba ocupado en oficios, el tiempo para estar con ella era mínimo, confiaba en darle todo el amor que creía merecer y ahí estaba su respuesta, su gran infidelidad que aún me cuesta creer. Hubo un momento en el que pensaba que toda palabra en contra o en defensa ajena a la de ella era pura envidia, pues no quería dejarla, me hacia falta tenerla, sentir el choque seductor de su piel, describirle con la expresión húmeda de mis labios el magno amor que mí corazón albergaba. Y decidí abrir la puerta, no se percató de cerrar bien la de la alcoba, y todo empezó con un fuerte abrazo seguido de deslices labiales por todo su cuello, como yo lo quería; luego se desnuda, la luz de las velas reflejaban los cuerpos al ritmo del sexo contra la pared, la excitación era mayor cuando entró profundo, lacerando piel y músculo, evaporando las últimas energías, perdiendo resistencia, donde el sudor y el semen desaparecían y el único líquido que le fluía era la sangre que derramaba por todo su pecho mientras agonizaba abrazada a él.

LA VENTANA.Por: Juan David Sanz Ramírez


Mientras jugaba en la habitación de mi madre, el viento de la noche se colaba por la ventana y movía las cortinas suavemente.
Cuando con mi moto iba a varios kilómetros por hora en la imaginación, en la esquina retumbaron las descargas de una pistola rasgando así la tranquilidad de la noche y distorsionando la carrera sin fin.
Como otras tantas veces, esto no fue seguido por el ladrar del perro de la vecina, sino por las lamentaciones de un hombre: ¡Ayúdenme! ¡Ayúdenme!
Con la moto en un rincón, me asomé a la ventana y vi un muchacho que caminaba desesperado con las manos en el rostro tratando de contener el manar apresurado de su sangre. Sin poder ver, un muro lo vio caer y veló su dolor hasta el fin.
De pronto, unos brazos delicados, pero con la fuerza que les da el afán de protección, tomaron mi cuerpo. Un ventanazo, marco el fin de la noche.

LA VISIÓN BEATÍFICA.Por:Juan Gonzalo Ardila Marín


Dedicado a: Pedro Arturo Estrada, mi vate amigo.
Ayer Orestes caminaba tranquilo hacia su puesto de trabajo, llegaría temprano al turno que debía empezar a las 6:00 p.m., pero ya era cultura institucional, no formal, llegar desde las 5:30 p.m. para recibir el puesto con calma y serenidad, aun así, Orestes veía que llegaría a las 5:15 p.m. pero no se preocupaba para nada. Para muchas personas resulta preocupante que la opinión de sus colegas de trabajo se oriente a señalarlos como “gente que trabaja mucho”, pues los incurriría en el riesgo de la exclusión de ciertos círculos sociales informales que nacen en medio de la formalidad laboral, y que, como resalto yo, son de gran importancia para ellos. Fulgrido es un hombre diferente, las canas hablan de su experiencia de vida y le merecen el respeto de sus colegas, cuando vio venir a Orestes tan temprano se emocionó al sentir la posibilidad de salir 10, o tal vez 15, minutos más temprano, crucial para él, pues de estos escasos minutos podía depender la congestión impertinente que se forma en su medio de transporte público habitual y en el inoportuno embotellamiento del tráfico, a tal punto, que esos escasos minutos pueden hacer de su viaje a casa una cuestión de 35 minutos o de 1 hora y 15 minutos, como generalmente le pasa. Fulgrido no pudo ocultar la emoción que sintió y saludo a Orestes con un fuerte estrechón de mano y una marcada sonrisa, fue tan evidente que el mismo Orestes entendió su llegada tan temprano como el motivo de aquella conducta. El trabajo en vigilancia es uno de los más trascendentales y menos apreciados que se desarrollan en las organizaciones, para quienes lo ejecutan es una fuente de continuas e interesantes aventuras, Orestes no creyó nunca que este día, que para él había empezado tan bien (despachando contento al viejo Fulgrido, cuya opinión es tan valorada entre los colegas) traería oculta una profunda enseñanza.
Serían las 10:15 p.m. cuando Orestes sintió el primer golpe de sueño. Ese micro-sueño que nos indica que debemos cambiar de posición o hacer alguna actividad que implique movimiento o atención, de tal manera que aquello, que en condiciones normales debiera transformarse en un placentero descanso, desaparezca sin dejar rastro. Orestes se levantó rápidamente de su silla, tomó el radio con la mano buscando sintonizar una emisora más movida, y al levantar de nuevo la mirada… la vio allí. En palabras del mismo Orestes, fue una “visión beatífica”, no supo de dónde apareció, ni cuánto tiempo llevaría allí, parada frente a la ventana, cargando a la pequeña criatura en sus brazos. – ¡Qué necesita! –, fueron las palabras que, en medio de su asombro, Orestes escogió para iniciar la conversación. Orestes asegura que era la mujer más hermosa que jamás había visto y que la bebe era evidentemente suya por compartir su belleza, cuenta como, con voz suave y melodiosa, le contó la tragedia que estaba viviendo y supo solicitar de su colaboración; el asunto fue algo así: La joven era empleada de servicio en una residencia del conjunto Miramar, el que queda dos manzanas arriba, al fondo de la cuadra; la novia del patrón hervía en ira por su presencia en la casa, desconociendo que, aunque el patrón acosaba descaradamente a la joven, ella nunca se habría involucrado, ni lo haría, con este patrón, ni con ningún otro… porque ella, aunque pobre, fue formada en los valores cristianos. Finalizando la tarde llegó la novia con gadejo y se la montó al patrón, según cuenta Orestes que dijo la chica, y en medio de la discusión quedo involucrada la pobre joven, la novia acusó al patrón de perro infiel, él acuso a la joven de seductora vil, la joven se defendió describiendo el acoso al que se veía sometida después de la partida de la novia cada noche, y el patrón la echó por mentirosa, – ¡Se larga ahora mismo! –, fue la frase que empleó, según Orestes. Fue inevitable el llanto en medio de la historia, Orestes salió de la cabina de la portería llevándole a la joven un vaso con té helado que Fulgrido había dejado en la nevera, al ver como aquel vestido liviano marcaba las formas de su cuerpo, Orestes comprendió el acoso y los celos que marcaban la historia de aquella mujer, sintió lastima y deseo al mismo tiempo. De la pequeña maleta que tenía a sus pies, la joven sacó un anillo y Orestes continúa la historia diciendo que afirmó: – Vea, yo sabía dónde estaba la joya, porque como yo hacía el aseo… no es un diamante, es un zircón, pero el anillo si es de oro, era para la novia, el patrón se va a casar, este anillo no cuesta menos de seiscientos mil, en cualquier prendería le darían no menos de trescientos mil por él. Yo no vine a pedirle limosna, yo sé que usted es nuevo, el viejito es el que me vende la gaseosa cuando el patrón manda, deme lo que sea por el anillo que lo único que yo quiero es irme para mi pueblo, a las 11:00p.m. sale el último bus, necesito coger un taxi hasta la terminal y lo alcanzo, no tengo un peso, ni tengo donde pasar la noche, mire a la bebe…–.
Orestes no tenía un peso, compartía la preocupación de aquella joven, no vio problema en tomar prestados cincuenta mil pesos del dinero que debían manejar por vender artículos varios en la portería, sabía que era un buen negocio pues la mujer debía quedar satisfecha pues le alcanzaba para el taxi, el pasaje y algo de comer en el viaje para ella y su bebe, y a él, yéndole mal, podría pagar el prestado y le quedarían doscientos mil pesos. Cuenta Orestes que despacho a la chica con un abrazo que le dejo gran emoción, un casi beso y un teléfono para cuando estuviera por esos lares pagarle los favores, la vio irse y no volvió a ser golpeado por el sueño esa noche, aun así estuvo distraído porque no dejaba de recordar la joven tan hermosa y de hacer planes con sus nuevos ingresos, estaba seguro que podría volársele a su esposa el fin de semana de descanso para visitar aquella chica en aquel pueblo.
A las 5:30 a.m. llegó Fulgrido, traía el buen semblante de hombre que llegó temprano a casa y pudo descansar como es merecido, Orestes lo recibió con el relato y Fulgrido cambió la cara, se limitó a decirle: – No pierda el tiempo yendo a prenderías, mejor descanse, y ni se le ocurra aparecerse por a acá, en la noche, sin la plata. Son las 5:00 p.m. acabo de despedirme de Orestes, vino temprano, dijo que no había descansado bien, me contó todo y me contó cómo se burlaron de él en las dos prenderías a las que fue con el anillo, ya le preste los cincuenta mil pesos, se fue porque ya va a llegar un poco tarde, tienen la costumbre de llegar a las 5:30 p.m. Me dijo que en quincena me pagaba, y que el fin de semana de descanso lo pasará en casa con su amada esposa, quien está portando un anillo de visión beatífica.
FIN.

DE (GUSTANDO) “LA NADA” El pobre. Por: Diana Gutiérrez


Así se va degradando su historia; mira hacia adelante, hacia atrás, a sus costados; repite una y otra vez el mismo proceso; siempre acelerando los movimientos, provocando ese efecto centrifugo que va expulsando paulatinamente sus partes; quedando en la nada; generando vacíos de tiempo que irrumpen en su realidad.
Se detiene un segundo y enloquece con el silencio de la lentitud; ya se siente incapaz de dejar de ser veloz; ya su cuerpo gime y aclama por el ruido de la continuación desmedida. Se sumerge en la posibilidad del infinito; construyendo, sin darse cuenta, pero deleitosamente, su propia destrucción.
Vive con tanta intensidad su juventud que en ella reclama los días de su futuro; quebrantando la línea de memoria y destino; malgastando (o degustando) los acontecimientos que le hacen vivir; acelerando su muerte, pero prolongando su existencia.
Sintetiza la elocuencia de sus días y sonríe y grita que su mañana desaparece, y a sus espaldas susurran: POBRE, cree así librarse de la inconformidad que ve en su espacio; POBRE, está creando la inmortalidad de una historia que devasta el devenir y extermina su verdadera esencia humana...POBRE.

“EL MAR SE LA HA IDO COMIENDO…”.Por: Carlos Alejandro Henao Vargas


Es viernes del mes de junio en la ciudad de Medellín,  la familia Henao había planeado el viaje desde el año pasado pues el eje cafetero les había parecido un poco frio en las vacaciones anteriores, esta vez decidieron ir al mar…a las playas de Bocagrande  en Cartagena; compraron la excursión en uno de esos anuncios que pegan en los postes del alumbrado público de la ciudad.
La única preocupación que podía pasar por la mente de Don Carlos, el papá de la familia, era que todo iba a estar más costoso, pues en temporada alta las zonas turísticas suben los precios de todos los productos con ganas de hacerse su “Agosto en Junio”, como lo afirmaban los compañeros de trabajo de Don Carlos; aun así, la motivación que tenía era la de ver la sonrisa su pequeño hijo Alejandro al sentir la arena de la playa, las olas llegando a sus pies y sus ojos brillando con el resplandor del sol. El viaje duraría 12 horas por tierra si les iba bien, 14 0 16 en caso de que el bus se vare, como suele suceder en los paseos,  así que planearon salir en el bus de las 10 de la noche para dormir en el camino  y llegar a las 10 de la mañana a la ciudad amurallada. Todo estaba planeado, los pasajes del bus, los taxis, las maletas, el bloqueador solar, los sombreros de sol, el traje de baño, el Hotel y los recorridos en la ciudad de destino….todo lo que podían manejar estaba bajo absoluto control….excepto lo que no dependía de ellos….la naturaleza…sin saber lo que les esperaba salieron de la ciudad de Medellín con otras 50 personas cargadas con los mismas ilusiones.
Como todos los Días, Maximiliano, o el “el viejo máximo” como se hace conocer de los turistas, sale de su casa ubicada en el barrio pie de la popa en Cartagena, a las 6 de la mañana; se pone su pantaloneta, su camiseta amarilla del real Cartagena, pero en versión basquetbolista sin mangas, sus “chancletas” y su orgullo de ser oriundo de Barú. Al llegar a la playa se dirige al Kiosco de la seño Carmen a sacar sus carpas azules y rojas, que albergaran a los turistas y los protegerán del sol durante su estadía en la playa. Uno a uno va midiendo los cuatro pasos alargados que ocupa cada una de sus carpas y va desenterrado los ganchos de los amarres, cubiertos por la arena movida por el viento durante la solitaria noche, el sabe que de ellas viene su sustento. Cada  carpa cuesta “10 barritas”, como suele decirlo con sonrisa jovial, sabor costeño y los brazos abiertos. Por solo diez mil pesos el turista disfrutara de la sombra en la playa, y de un servicio que solo puede brindarle un Hombre de Cartagena, pero si se es negociante como el paisa de Don Carlos, posiblemente obtendrá un mejor precio. Maximiliano ha sido toda la vida del mar, ha crecido atendiendo los turistas que llegan de todas las partes del mundo, y como todo Baruense, le tiene el respeto al mar…..ese respeto que solo se le tiene a las cosas que no podemos controlar… Maximiliano ha visto como desde hace varios meses, ese mar que ve todos los días, se está comiendo su playa. Hace algunos meses se demoraba dos horas instalando 40 carpas y movilizando en promedio 100 sillas, ahora solo puede instalar 10 carpas, mover 20 sillas y dejar las otras enrolladas en una esquina del kiosko a la espera de que el mar le devuelva su playa…..
Son las 10 de la mañana del sábado, Don Carlos, su señora y su pequeño Hijo, por fin han llegado a Cartagena, gracias a Dios en este paseo no se les varó el bus, están a la espera que les asignen la habitación en el Hotel donde se alojaran por las próximas 2 noches. Esperan con paciencia su turno mientras varios venteros ofrecen manillas hechas de concha de caracol, costras pintadas con letreros que rezan “Recuerdo de Cartagena de Indias”, agua en bolsa y en botella, cervezas enlatadas, otros cuantos cantan “lagafalagafalagafalagafalagafa” y  el resto vende todo tipo de souvenir que podría comprar un turista promedio colombiano, en un lenguaje que es poco entendible a primera impresión. La hora por fin llega, los tres se ingresan al hotel bajo un sol abrazador y una temperatura que alcanza los 36 grados centígrados. Don Carlos que venía de viajar en un bus con aire acondicionado, sintió el traslado hasta su habitación en el hotel, mucho más largo que el viaje de Medellín a Cartagena, pues su cuerpo estaba envuelto en un solo supor, solo se reconfortaba con saber que pronto, el y su familia disfrutarían del mar, de la brisa y de las playas de Cartagena.
A Maximiliano le preguntan los turistas constantemente  “que le paso a la playa, si el año pasado que vinimos era más grande?....” las únicas palabras que puede decir son: “aja mi hemanito… el ma se la ha ido comiendo”…
Después de un baño refrescante en el Hotel, y de buscar las ropas más adecuadas para el duro clima de Cartagena, Dona Oneida, la esposa de Don Carlos empaca con cuidado cada uno de los utensilios que llevara a la playa, una toalla de 2 metros de largo por 1 metro de ancho, estampada con dibujos alusivos al mar y comprada en los almacenes del famoso “hueco’ en el centro de Medellín, un sobrero para el sol diseñado por alguna mujer de aguadas caldas, un bloqueador con filtros solares, una pañoleta, un peine, un cambio de ropa para Alejandro, y una camiseta de más para don Carlos….  por fin ha llegado el momento de conocer y disfrutar del mar.
Después de 20 minutos de una larga caminada desde el hotel hasta la playa, que bajo el sol de Cartagena pueden parecer horas (en esa ciudad hasta los lugareños toman taxi con aire acondicionado en lugar de caminar 5 cuadras¡¡¡) están ahí….frente a una hilera de carpas rojas y azules que cubren la vista al mar, y lo único que puede ver el pequeño hijo de Don Carlos es un tipo grande, moreno brillante, con camiseta amarilla y sonrisa blanca, seguido de 5 morenos más  que se abalanzan sobre ellos diciendo “aja paisita, una carpa?”  Don Carlos que venía advertido inicia un proceso de negociación en precios, los cuales para ese día estaban altísimos, solo por ser sábado…El viejo máximo, que sabía que solo le quedaban dos carpas decidió dejársela al mejor precio, para ganar su noveno cliente de la mañana, y dijo: “ compa yo te la dejo en 8 barritas ya!... propuesta que fue aceptada sin vacilaciones.
Los 4 se dirigieron hacia la playa como en un fila india, primero Máximo, segundo el niño, tercero dona Oneida que no le quitaba la mirada a su pequeño y cuarto Don Carlos, que se quejaba del calor que hacía y solo quería disfrutar de una cerveza fría.
Al llegar a la carpa los tres se quedaron atónitos al ver la grandeza del mar, la inmensidad de las olas, el brillo del agua…. Y la falta de arena. Don Carlos, como muchos turistas le pregunto a su nuevo compadre : que le paso a la playa? Y lo único que pudo decir Maximiliano fue:”el mar se la ha ido comiendo…”.
Ahora bien: cómo explicarle a un obrero promedio de la ciudad de Medellín la falta de arena en una playa?, como decirle a un pequeño niño que no hay arena para hacer un castillo en la playa?, como decirle a una Madre que no puede enterrarse en la playa como le recomendaron las amigas que ya habían estado en la playa hace muchos años  porque no hay arena? Como explicarle a una persona como Máximo la razón por la cual no tiene espacio para ubicar las carpas y las sillas que atenderán a los turistas? Como explicarle a la seño Carmen, que su trabajador no puede vender lo mismo que vendía antes, porque solo hay 10 carpas?, como decirle a un turista extranjero que la playa que antes medía 50 metros, y que albergaba 100 personas, ahora solo mide 1 metro?
A pesar de ello….Alejandro disfrutó de su poca arena, del mar, de la brisa, del sol, de Cartagena, Doña Oneida logró un bronceado canela y un peinado de trenzas con puntas de  aluminio, Don Carlos refrescó su garganta con 8 o 3 cervezas frías…y el viejo máximo llevó como todos los días las ganancias de su trabajo a su casa.
El recuerdo de la familia fue bonito, máximo siguió trabajando…pero será que Alejandro podrá transmitir lo mismo a sus hijos? Será que existirá playa para entonces?... El fin de este cuento está en tus manos.
CARLOS ALEJANDRO HENAO VARGAS
2013