lunes, 1 de abril de 2013

EL ESPEJO.Por: Aramis Lupan III


En el momento en que mi último cigarrillo se acababa, intente sentar mis pensamientos y reproducirlos en una hoja de papel, reproducir, esa última sensación que me causo, una mujer roja de sombrero con un cigarrillo en la mano, un reloj antiguo con numero modernos, algo que me disgustaba muchísimo porque ya no lo podía cambiar, y detrás mío, como si fuera un vigilante, un desquiciado mostrando sus dientes riéndose con las manos en la cabeza desfigurando su cabello, su cara y todo lo que desde esa inmunda esquina podía ver, ¿que veía aquel  desquiciado? a un joven que
en algún momento de la vida las circunstancias lo llevaron a hospedarse en una habitación que tenía una curiosa ventana con una pequeña jardinera miniatura, que poseía cualquier cantidad de hormigas y lombrices, y que en esa pequeña jardinera florecía lo que en ningún otro lugar de la tierra: Un Espejo. Acepto de buena gana quedarse allí, la dueña, de mala gana, recibió del joven su asqueroso dinero para dejarlo ahí unos cuantos meses,- ojala pocos, pensaba; ella no quería otra víctima más en su humilde morada, era un segundo piso y nuestro amigo decidió que era un lugar, sino el más lindo  al menos bien acogedor.
Consiguió todo lo que cualquier persona de su edad quisiera tener en ese momento, una computadora, un televisor muy modesto y una cama decente, y fue en esa habitación donde recibió un día sin querer los regalos mencionados al principio. Un colega suyo quiso ir a visitarlo de repente y se encontró con que la habitación estaba con sus paredes desnudas, así que le regalo aquellos cuadros que salían de un experimento en la universidad de artes de la ciudad, aleatoriamente puestos, los cuadros acompañaron desde ese momento los días en la alcoba, compartían días viendo el sol, la ventana, las personas que esporádicamente llegaban a el cuarto y así siguieron los días, con pesadillas y sueños que solo se podían ver de noche.
Una visita antes de acabarse el año sorprendió inmensamente a los muros de aquella habitación.
Una mujer de delicada piel, de cintura milagrosamente lograda, de cabellos largos, negros y medianamente rizados y con todas sus más hermosas cualidades entraron por la puerta de la alcoba, los muros sorprendidos por el logro del joven no durmieron en toda la serena noche, se quedaron viendo como un idiota se burlaba de la vida porque había conseguido lo que nadie más, y ellos sorprendidísimos guardaron esas imágenes entre el cemento y el ladrillo y la pintura de esos muros, el joven en su arrogancia, que no era más que la enfermedad que le causo un pequeño golpe de suerte, le sugirió a la chica que asomara su busto por la ventana a ver si alguna persona sentía envidia de no tener tan hermoso cuerpo entre las cortinas de su propia habitación, la mujer accedió, encantada por la palabras misteriosas del chico y desnudo su cuerpo, se asomó por la ventana, cubrió su desnudes con las cortinas que el chico había puesto y se dedicó a sí misma una poesía que murmuro a la luna, lo que nadie sabía era que mágicamente su figura quedo grabada para siempre en el espejo pequeño que florecía solamente en la jardinera de aquel cuarto, y como era un espejo que podía brotar de entre una jardinera guardo aquella imagen con envidia para sí misma, dejo el nombre de la chica escrito con polvo y reflejaba en los momentos difíciles la figura de aquella dama.
Los días siguieron su paso inmisericorde y el joven se angustiaba cada día más, ¿cómo lograr otro puto día igual? El joven pensaba con los ojos cerrados, tratando de hacer lo imposible con sus pensamientos, pero ella jamás volvió, así que como su único consuelo eran los dibujos que cubrían las paredes, decidió empezar a odiarlos, porque algo tenía que hacer y cuando no podía concentrar más ganas de odiar su humilde morada, una vez decidió salir a mirar por la ventana si quizás la figura que añoraba aparecía, y apareció, con su desnudez y su hermoso busto y su cintura milagrosamente ganada detrás de aquel maldito espejo. El joven sorprendido, casi mudo le pregunto al espejo que hacía con tal memorable imagen y el espejo le contó que había solamente una manera de volver a conseguir lo que quería, y como el chico sabía que era mentira, decidió darle la espalda al espejo e irse a dormir. Como es de suponerse, nunca volvió a recibir una pequeña llamada, de nadie, él, consumido por su inmensa tristeza, apenas podía pararse para ir a laburar y ganarse un día más de vida, una vida que sin ganas de vivirla es la más horrible tortura, y llegaba de su trabajo  y buscaba la figura que amaba en el espejo, y la veía y el espejo volvía a repetir lo que siempre decía ‘’solamente hay una manera de que te encuentres con ella’’ y el maldecía, y se iba a la cama. Era una bella ventana, desde ahí, la mayoría de las veces se observaba la luna, por entre los edificios, por entre las nubes, por entre las estrellas y se consolaba sabiendo que al menos era el mismo cielo el que cubría su corazón y el de su amada. Los cuadros, en la noche, conversaban lo que veían y sus murmullos hacían que el joven soñara cosas, decían que ellos dos podían volver a estar juntos, decían que la vida los uniría, decían que el amor imposible no existe, también decían que las esencias de las personas nunca desaparece y se quedan moviéndose de un lado a otro alrededor del mundo, y justo esas últimas palabras sumergieron al chico en una horrible pesadilla en donde presentía algo malo con su amada y el corría a abrazarla y simplemente se desvanecía como arena, y de golpe se despertó y corrió asustado hacia la ventana con gran agitación y despertó al espejo suplicándole que le dejase ver la imagen de su amada, y el espejo con su arrogancia y su maldad le mostro a su amada gritándole que estuvieran juntos también. El muchacho tuvo que recoger los pedazos de su corazón del suelo, un rayo de inmensa y pura alegría había atravesado su pecho, escucho las palabras que lo desvelaban, las palabras que cualquier amante con sensatez merece, y las palabras eran las que había añorado por tanto tiempo, y como no pudo cruzar palabra con ella le pregunto al espejo que florecía en donde ningún otro espejo podía florecer, como podría hacer para estar con su amada, y el espejo en su inmensa arrogancia y maldad le contesto, -nada en esta vida se consigue sin sacrificios, cual es el tuyo? y él alegre respondió, -el que me haga merecedor de estar con mi amada, y como el espejo era un espejo único, el muchacho pensó que en verdad podría hacer algo por él y el espejo rompió su silencio con las palabras que aterrarían a cualquier cobarde, pero no a un verdadero enamorado, el joven guardo silencio, medito, y luego le dijo al espejo que haría cualquier cosa que el dijera, y sin pensarlo ni un segundo, deslizo sus muñecas desde la parte superior del espejo y las condujo hasta la parte inferior, dejando una senda sangrienta alrededor del espejo y que mancho toda la jardinera, ahora más que confiado, el joven se tiro hacia atrás, con una sonrisa memorable en su rostro, con sus brazos extendidos como si quisiera por si solo abrazar el cielo, y con su corazón convencido de que volvería a latir una vez más al ritmo de su amada, alegre, miro sus muros, sus cuadros, con tanta alegría que juro no volver a odiarlos, y mientras hacía esto caía delicadamente a las baldosas de aquella humilde habitación y quiso con un último aliento, mover rápido sus ojos a ver si llegaba su querida amada a levantarlo del suelo y lo último que pudo observar fue a un espejo, un espejo que sin razón aparente florecía en una jardinera de un cuarto olvidado, pero con la imagen de una mujer desnuda bañada por la luna menguante de los últimos días del año.

EL GRITO DE LA SUTILEZA. Por: María Clara Betancur Castrillón


¡Qué Bosque tan extraño era éste! Sólo recuerdo que buscaba algo con mucha urgencia, pero su particularidad me distrajo por un momento. Las ramas de los árboles parecían formar un teorema geométrico, pues en la distancia desaparecían formando líneas psicodélicas y confusas. Comprendí entonces por qué muchas personas se perdieron aquí.
Los sonidos eran de una claridad asombrosa pues podía percibir en la distancia los murmullos hasta de las pequeñas criaturas, las cuales a mi paso huían precipitadamente; sin embargo no le di importancia  al motivo de tal timidez.
Los Colores eran sencillamente tenebrosos, mezclas majestuosas inimaginables; sobre todo aquel color que emanaba del movimiento de las cosas.  Era como ver la energía de todo, su esencia; era un rastro del movimiento en el tiempo hecho un haz de luz, algo hermoso de presenciar.
 “Acción del Brandy” pensé. Tanto alcohol no era bueno y menos a esas horas de la noche. Unos pasos más adelante encontré mi chaqueta colgada de una rama y al lado la evidencia vacía del licor. Aunque había encontrado ya mi abrigo no recordaba cómo o cuando lo había dejado ahí, ni siquiera el lugar se me hacía conocido; y ya llevaba mucho tiempo caminando por allí. No tuve entonces la sensación de encontrar lo que estaba buscando. Sin embargo, un delicado camino se ceñía entre las raíces de los árboles y éste sin vacilar perseguí.
Entre más caminaba más cosas curiosas notaba, y una simple necesidad de  indagación me llevó a avanzar -sin razón aparente- bosque adentro. Noté entonces una cierta armonía en la mente del lugar. Todos los pensamientos estaban  conectados y ni las palabras eran necesarias. Todo hacía parte de un festival sincronizado donde cada ser tenía su lugar y su función. Nada era feo, por el contario, desde el nacimiento hasta la muerte era en conjunto las estrofas de una bella melodía.
Entre tanto recorrido recordé que estaba buscando algo. No obstante no me hacía falta nada, o al menos no que yo me acordara. Me di cuenta unos pasos después, que me había embriagado una sensación de vaciedad sin sentido. Me contuve entonces a pensar, y cuando dirigí mi mirada al cielo, el árbol que estaba en frente de mí,- el cual tenía un aspecto de vejez circunstancial- me señaló con sus raíces hacia un costado de donde me encontraba. En la copa de los árboles figuras inquietas me trazaban un mapa que parecía mostrarme un sitio en particular.
¿Solo confusión? ¿Una Pesadilla? ¿Un sueño? ¿Que era aquello que necesitaba saber y por lo cual me encontraba en este sitio? Repetía en mi cabeza que aún faltaba una pieza en este rompecabezas para entender la situación.  Mi rostro ya mostraba el ceño fruncido ante la incertidumbre y tanto misterio; no podía devolverme pues no recordaba donde me encontraba minutos antes, ni por donde había entrado a este bosque.
Entonces el árbol que imponente se elevaba ante mis ojos y quien me había indicado aquel lugar, hizo descender una de sus más gruesas ramas. Con el bullicio del viento entre las copas de los árboles se asomó en la oscuridad la rama de la que pendía alguien frio e inmóvil.
En aquel momento miré con sobresalto y pregunte: ¿Acaso es…? ¿Qué pasa?
El árbol susurró: “no busques más”,  aquí está tu cuerpo.

Fin. 

QUEDA PROHIBIDO EL DÍA DE NO IR A TRABAJAR. Por: Diana Fernanda Collazos Cortés


En el vigésimo sexto piso de un edificio de la calle 110, un hombre empujaba su carrito de la limpieza. Justo las seis de la mañana. El presidente de la empresa aún no llegaba y la oficina debía estar limpia antes de que el ejecutivo arribara.
Papeles regados por todo el piso, envolturas de dulces en la cesta de la basura, libros de economía en cualquier parte...todo muy normal.
El hombre recogía, ordenaba y limpiaba, y una vez termino se sintió muy fatigado.
« ¡Estoy tan cansado de esto! Todos los días tengo que venir y hacer lo mismo. Quisiera no tener que trabajar, no, de hecho, hoy no voy a trabajar más, volveré a mi casa y lo declararé oficialmente ¡el día de no trabajar!».
El conserje suspiró y regresó a la realidad, no era hora de andar fantaseando, tomó su carrito y siguió su camino.
Lo que nunca supo el conserje, fue que el hombre que estaba al lado de su oficina lo había escuchado todo. Él, pensando que su jefe había dicho esas palabras, decidió que el tampoco quería trabajar. Tomó su chaqueta y salió. La secretaria muy extrañada le pregunto a donde se dirigía, y él respondió:
«Pues a mi casa. Declaro que hoy es mi día de no ir a trabajar» y se fue.
La secretaria hizo lo mismo, pero no sin antes contarle a la recepcionista, al vendedor, al contador, a la señora de los tintos y al celador. A su vez, ellos también se fueron, pero no sin antes contarles a unos cuantos otros más, y así la noticia se fue regando por toda la ciudad.
A la hora ya todos los ejecutivos de los edificios adyacentes se habían marchado. A las dos horas, los empleados y secretarias también se habían ido. A las cuatro horas, los profesores se declararon en paro y a los estudiantes se les permitió volver a sus casas. A las cinco horas ya había un grupo en facebook bajo el nombre de: 'hoy no fui a trabajar' con mil seguidores. A las seis horas, ascendió a un millón de seguidores en todo el país.
El presidente de la república estaba navegando en su faceboook, cuando vio el grupo y que ya todos los otros ministros y gobernadores habían puesto ‘me gusta’. Entonces fue el presidente a poner ‘me gusta’, cuando las ventanas se cerraron y en la pantalla apareció un mensaje: «lo sentimos, hoy también es nuestro día de no ir a trabajar. Atentamente: los técnicos de su servicio de internet».
El presidente enfureció y mandó a llamar a todas las empresas de telecomuniciones, pero ninguna estaba trabajando.
En los hogares las familias estaban reunidas, los parques públicos estaban llenos, los niños corrían y jugaban mientras los adolescentes y los adultos se reunían en grandes círculos a charlar y a comer. Paradójico a esto, los centros comerciales, supermercados, cines, teatros y demás locales, se hallaban cerrados y vacios, pues nadie estaba trabajando.
El presidente llamó hasta a su jet privado para ir a conectarse al extranjero, pero no había ningún piloto trabajando, y así lo siguió intentando hasta las dos la madrugada, cuando finalmente se quedo dormido.
A las cinco, el reloj sonó como de costumbre, y aun sin haberse ido a bañar, el presidente convocó a todos los ministros y políticos. Mandó a sacar la constitución política que no usaba desde la campaña presidencial, y a las seis de la mañana hizo un comunicado a la prensa.
En el vigésimo sexto piso de un edificio de la calle 110, un hombre empujaba su carrito de la limpieza. Justo las seis de la mañana.
Terminó de limpiar la oficina y se dirigía a su siguiente parada, cuando llegó su jefe con un periódico en la mano.
«Ya lo leí —expresó el ejecutivo lanzándole el periódico al conserje —échale un ojo».
Con calma, el conserje desenrolló el periódico y observó la primera plana. 
«Vaya, que noticias tan extraordinarias las de este país» sonrió, y empujando su carrito salió de la oficina, dejando consigo un rastro de olor a detergente y aromatizante.
« ¡Extra! ¡Extra!: ley 1xxx del año 20xx: queda prohibido el día de no ir a trabajar».

SUSAN. Por: Andrés Felipe Hernandez Murcia


Observaba una foto de mi esposa e hijo al momento que entraron en mi oficina un hombre y una mujer; él entro cojeando y apoyado en su esposa. Ambos parecían tener poco más de treinta años. Nos saludamos. Se presentaron como Juana y Gabriel Estrada. Rápidamente les ofrecí asiento y les pregunte el motivo de la visita.
­—Doctor, lo que pasa es que nuestra hija Susan sufre de esquizofrenia —dijo la mujer—, pero hace unos cinco días empezó a tener muchas pesadillas y desde eso no ha podido dormir más de una hora cada noche —añadió—,  siempre se despierta llorando y gritando cosas como: “me alcanzó”,” grel lo va herir”, “ yo no quiero jugar con él”. Queremos que nos ayude, hemos oído que usted está trabajando en algo para ayudar a las personas con problemas del sueño.
—Así es —le dije—, mi equipo y yo durante estos años hemos creado un prototipo para entrar al subconsciente de las personas a través del subconsciente de una persona saludable, para buscar el problema de insomnio y así saber qué medidas tomar.
La madre me logro convencer contándome todo lo que habían pasado sin obtener remedio alguno, inmediatamente hice una llamada ordenando que preparasen a Oniros. Salimos de la oficina, yo hacía el laboratorio y la pareja al Hospital de Vallegris, dónde se encontraba Susan. Al cabo de una hora la familia llego al laboratorio acompañados de dos enfermeros con la pequeña en una camilla, al verla entendí la angustia de la madre. La que debía ser una hermosa, alegre y vivaz niña, parecía más un muñeco de trapo pálido con la mirada perdida, con las ojeras igual de oscuras que sus ojos y apenas se notaba el temblar de sus dedos.
Decidí ser yo quien se conectaría a la máquina junto a la niña, seguí los procedimientos que mi equipo y yo habíamos establecido: Ponerse ropa cómoda, relajarse y tratar de vaciar la mente. Luego nos dirigimos a la sala antiruido dónde se encontraba Oniros, que es algo así como un tomógrafo con dos entradas. Yo me dispuse en una y los enfermeros acomodaron a Susan en la otra. Una de mis ayudantes nos aplicó un somnífero que me hizo efecto casi al instante, a Susan hubo que aplicarle un poco más.
En un abrir y cerrar de ojos estaba en un lugar vació, al comenzar a caminar fue apareciendo una casa con un bello jardín y una casa para perro con el nombre de “botas” escrito sobre la entrada de esta. La puerta principal se encontraba cerrada, así que entre por la ventana sin tener éxito pues volví al mismo jardín. Lo más difícil era entrar al pensamiento de la persona, ya que al hacerlo podría recorrerlo con la mayor tranquilidad. Decidí darle un pequeño empujón con mi hombro a la puerta que se abrió al instante. Usualmente los subconscientes dan mayor problema para entrar, pero creo que el estado en que se encuentra Susan la hizo más débil.
Ya dentro solo vi  unas escaleras que subía en espiral hasta donde alcanzaba la vista rodeada por una pared. Al ir subiendo iban apareciendo diferentes ventanas en la pared. Nunca imagine que existiera tal cantidad de tipos de ventanas. Cada una era completamente distinta a la anterior, ya sea en su forma, color o tamaño. Lo único que tenían en común era el cristal, y al ver a través, supe  que eran los diferentes recuerdos de la niña. Pude ver cosas como: El primer día de escuela, cuando se le cayó su primer diente de leche, varios de sus cumpleaños, su primera bicicleta, varios abrazos y besos de sus padres.
Noté que el hombre que aparecía con ella y su madre no era el mismo que entro a mi oficina. No le preste mucha importancia y seguí subiendo. Encontré una ventana que me llamó mucho la atención y como no si era extremadamente grande, tanto como una pantalla de cine, solo que redonda y su marco era de muchos colores, todos de un brillo intenso. En el interior apreciaba el cumpleaños número ocho, la madre le tapaba los ojos a Susan mientras aquel hombre le ponía una caja envuelta en papel de regalo enfrente, la niña se quito las manos de su madre y con una gran sonrisa en el rostro y fuertes carcajadas levantó la tapa de la caja, de la que salió un cachorro de pastor australiano. Lo supe al instante, porqué mi abuelo tuvo varios en su granja. Nunca vi a alguien tan feliz, lo que me puso muy triste al saber que aquella niña de hermosa sonrisa, estaba casi inerte en mi laboratorio. Concluí que aquel hombre debía ser su padre.
Seguí mi camino y encontré una ventana muy pequeña, tanto que podía taparla con mis manos, al tocarla la sentí tan fría y húmeda como el hielo. Al otro lado estaban dentro de un auto: Susan y Botas en la parte de atrás, su padre manejaba y Juana en el asiento del copiloto. Sin previo aviso sufrieron una gran sacudida, no pude ver más porqué el cristal se dividió en cientos de pedazos. Pase a la siguiente ventana, aún más pequeña y vi a Susan llorando junto a su madre y otras personas en un cementerio junto a una tumba. Ya suponía de quien era.
Cada vez que subía encontraba menos ventanas y la mayoría no superaba el tamaño de un televisor mediano, y cada vez eran más simples con marcos delgados y de colores opacos. Los más grandes casi siempre trataban de su perro o su madre. ¡Dios! sí que quiere a ese perro. Su madre ya no estaba tanto con ella, pues tuvo que conseguir trabajo. Observe también el cambio de colegio, su noveno cumpleaños, varias visitas al médico y la llegada de Gabriel a la vida de su madre. Esto último no le gusto para nada Susan, lo pude ver en su rostro.
Sin previo aviso llegue al final de las escaleras, parece como si el resto se hubiera derrumbado, porqué la pared seguía hasta desaparecer de la vista, tampoco había más ventanas. Me sentí muy desilusionado. Decidí recostarme en la baranda a esperar que el temporizador del Oniros llegara a cero. Entonces pude observar que al pie de los últimos escalones había unas diminutas ventanas parecidas a la mirilla de una puerta, y aunque eran pequeñas pude mirar en su interior con una gran nitidez.
Vi a la pequeña Susan haciendo las tareas del colegio, con su perro Botas durmiendo a los pies de la cama, tocando en la puerta de su habitación estaba Gabriel pidiendo que le abriera, al hacerlo aquel hombre entro rápidamente, cerró la puerta y le ordeno mantener siempre abierta la habitación cuando su madre estuviera trabajando, ya a que así podrían estar juntos y jugar los dos. La niña se opuso. Él la cogió de los brazos y la recostó contra la pared de una forma tan abrupta que se sintió por todo el cuarto. Sin dudarlo Botas le dio una fuerte mordida cerca al tendón de Aquiles. El hombre sin soltar a la niña empezó a golpear al perro con todas sus fuerzas, hasta que le soltó el pie y de una patada lo desmayó. Susan metió un grito, que Gabriel apago con su mano y con una mirada de locura le dijo: “Sabes, yo solo quiero darte amor y pasar tiempo contigo, pero si no quieres, mi amigo le va hacer cosas malas a tu perro”. Al decir esto saco una navaja y se la mostro, en el mango podía verse una inscripción quizás hecha con un cautín que decía:”grel”. La niña entre lágrimas aceptó pidiendo que no le hiciera nada a Botas. Lo que sucedió después me lleno de una ira e impotencia. Y aún peor en las siguientes ventanillas pude ver escenas similares. Dos minutos después sonó la alarma.
 Ya en el laboratorio, me levante, camine hacía Susan y le susurre: Tranquila, ya nadie te hará daño y tampoco a Botas… Gabriel y su amigo desaparecerán. Si me escucho o no, me fue indiferente. Mi mente solo pensaba en algo, me acerque a aquel tipo. Le di un abrazo, saqué la navaja de su bolsillo y antes de que pudiera reaccionar corte su cuello de lado a lado.
Años después me visitó una jovencita, me dio las gracias y un beso. Yo sonreí.

EL JUICIO AL GENERAL HERMOGENES MAZA. Por: Iván Alonso Montoya Restrepo


POR: SAN MARTÍN
     Ante este Tribunal Del Tiempo comparece el General Hermógenes Maza, de la orden de los “Libertadores de Colombia y Venezuela.” Nacido el 20 de abril de 1792 en el centro de Santafé de Bogotá, en la carrera 7 esquina con calle 17. Casa  que fuera derribada tras los disturbios del 9 de abril de 1948, para dar espacio a un edificio alto.
    -General tiene varias demandas; una de Santander en la que asegura que usted le quedó debiendo un dinero. ¿Qué puede decir al respecto?
  -Recuerdo que ese 19 de abril, día nacional, fiesta patria que se festejaba con parrandas aristocráticas y populares, comenzamos la celebración con un Te Deum en la Catedral, luego asistimos a una parada militar y quema de chispas, buscaniguas y totes. Santander después presidió la reunión de su logia Masónica, de la cual era maestro 33, allí habló mal del clero, después recorrió los zaguanes tomando chicha con el pueblo, visitó su fonda preferida y consumió longaniza y fritangas varias. El repartía a los soldados un bono para que se divirtieran. Pensé cuando me dio esos pesos, que eran también un “bono de premio.”  El no me aclaró nada, salió para donde las Ibáñez a tomar chocolate con colaciones y una que otra copita de vino y luego fuimos al baile social, y con otros ilustres de la patria nos rodamos hasta “las casas de señoritas de alegre reputación”. Allí debíamos esperar turno  para gozar después de los oficiales del ejército libertador.
     -¿Qué dice a esto General Santander?
      -De verdad no entiendo porque concluyó Maza que esos pesos eran un regalo y no un préstamo; que le hice justo para que se llevara a la cama a una bella moza que iba lamiendo las múltiples cicatrices de su cuerpo, mientras Maza, gritaba el nombre de las batallas en donde se las había ganado.
   -Usted, General Santander –agregó Maza-, no es digno de fiar. ¿De qué se las da? Es un hereje, por eso los curas y los godos lo odiaban y lo amaban las damiselas de las galleras y era famoso en las tabernas de mala vida. Como yo.
    -Maza –replicó Santander-, muchos somos los descontentos con su forma de vivir, pido por ejemplo que hable aquí el profesor español, Juan Sordo, quien le enseñara las primeras letras en la Escuela de las Nieves.
   -¿Qué tiene para decir Don Juan?
      -En 1820 el General Hermógenes decapitó a más de 200 españoles, ejecución que hizo enviando a esos desafortunados al “baño”. Dos soldados arrastraban al soldado español hasta el borde de la embarcación “La Comandancia”, y colocaban su cuello sobre este y con golpe de machete era decapitado; así convirtió el río Magdalena en una fosa común; primero caía la cabeza y luego la sangre coloreaba de rojo al río.
   Para parecer justo, Maza, los obligaba a pronunciar la palabra Francisco y quien lo hiciera con “C” a la española, era soldado muerto.  Fui el prisionero 72 y a mi turno grité: “ General,  soy su sobrino y fui su maestro, por Dios no me mate…” -El contestó:
      -Suéltenlo y que se largue -Yo en verdad, no podía imaginar que ese niño rubio de ojos azules, mimado de la aristocracia criolla fuera tan cruel… Maza se defendió:
     -Cuando estuve cautivo en Caracas, durante dos años y medio, fui sometido a   penosas torturas, sufrí la humillante flagelación que destrozó mi torso y afectó mis riñones,  condenado a muerte en 1815, me salvé, después de persuadir a mi verdugo Luis Moreno. Logré huir y luego de tres  años de tormentoso viaje a pie llegué a Santafé. Allí me enteré de la persecución a mi familia, el sacrificio de mi hermano, la confiscación de nuestros bienes familiares por el gobierno español, el fusilamiento de mis antiguos compañeros de colegio y sumado a tanto dolor; la muerte de mi madre. Todo esto me convirtió en un ser amargado y lleno de odio a todo lo que fuera español, ese día nació un nuevo Maza, y a partir de entonces pasé mi vida haciendo chistes, cometiendo impertinencias y bebiendo aguardiente. Tuve mis defensores y amigos; por ejemplo El Libertador le dijo a usted Santander:
    -Me alegro mucho de las acciones de Maza, por cada herido nuestro, mata 100 españoles sin más novedad.  Bolívar, llamado a declarar, lo defendió:
    -Le encargué la toma de Mompox, y le advertí que no derramara ni una sola gota de sangre de los prisioneros. Después tuve que recriminarlo, porque le amarró una piedra en el pescuezo a cada soldado español, y luego los tiró al rio Magdalena.
      -Pero, Maza, ¿no le advertí que no quería que derramara ni una gota de sangre?
     -Y él respondió:   -Y sus ordenes fueron cumplidas, mi General; todos murieron por ahogamiento y no por sangramiento.
  Se bañaba poco, se limpiaba menos, se mantenía borracho y de cierta manera, fue el más cruel de mis generales. En cierta reunión social, con la presencia de hermosas señoritas, al General Hermógenes Maza, ebrio, por supuesto, le dio por gritar:
     -¡Que viva la menstruación!”
     -General Maza – lo regañé- ¿cómo se le ocurre gritar eso? Usted debe decir: “Que viva la revolución.”
    -A lo que el general Hermógenes , digno hijo de Felipe de la Maza, me contestó:
     -“ Bueno, que viva lo que sea, con tal que eche sangre…”. Bolívar continuó:
    -Con decirles, que tenía una sudoración muy fétida en sus pies, y al quitarse las medias, se quedaban pegadas; una vez, las arrojó por encima de la tapia y cayeron dentro de una olla grande en donde se cocinaba el almuerzo para la tropa. Bolívar calló y Maza se dirigió a Santander:
       -Usted, me negó la pensión de guerra y tuve que intimidar al tesorero para que me pagara una modesta pensión oficial. Guardaba en mi vaina de espada las pocas monedas que recibía, acción que me significó muchas borracheras gratuitas; pues al intentar pagar y echar mano de mi arma para luego sacar el dinero, el dueño de la cantina se apresuraba a decirme que no debía nada.
    Con este escaso dinero no me alcanzó para vivir en la Candelaria, sólo en una casucha del barrio Egipto.
    Un día en el mercado de la plaza, maté a sablazos más de 100 pollos, pues estaban tuberculosos y eran un peligro, pero la gente del lugar no lo entendió.
    Viajé a a Mompox, en donde permanecí los últimos 15 años de mi atormentada existencia, en 1847, debido a una cirrosis hepática, fui obligado a recluirme en el hospital, en donde una religiosa se santiguaba, repetidas veces, cuando le solicitaba:
    -Vengo en busca de una cama en que tenderme, y quiero probar que son falsas las Sagradas Escrituras, cuando dicen: “que el que a cuchillo mata a cuchillo muere”, porque yo moriré en una cama. A los pocos días, vi cumplida mi predicción y me despedí de la vida, y de las personas que presenciaron mi muerte, que lucharon, infructuosamente, por conseguir que me dejara bendecir del cura. Me hice más famoso al gritarles con mi último aliento: “Ahí les dejo su mundo de mierda…”
    Tenemos para decirle, dijo el Tribunal, que el General Santander, el Hombre de las Leyes, dejó consignado en su metalizado testamento, que el general Maza, tenía con él una deuda de 100 pesos.

EL AMOR NO TIENE EDAD, NI TAMPOCO DIGNIDAD. Por: Luz Alexandra Montoya Restrepo


Quiero ser como la Duquesa Cayetana de Alba y, ¿por qué no? ¿Acaso, en qué somos diferentes? Ella es quien más títulos nobiliarios tiene en el planeta, pero yo también los tengo; puedo ser la Marquesa del Pacorá, o la Duquesa del Alto del Humo.
 Ella se casó con Alfonso Diez y yo me mudé con Fabio Díaz. Fue bautizada en el Palacio Real y yo en la iglesia de mi pueblo, mayor que su novio 27 años y yo, mayor que el mío, también por lo mismo. Sus padrinos  fueron el Rey Alfonso Trece y la Reina Victoria Eugenia, mis padrinos fueron dos diabéticos. Ella se casó tres veces, en cambio yo, ninguna. Al banquete de su primer matrimonio, con Luis Martínez de Irujo, en el Palacio de Dueñas asistieron dos mil quinientos invitados, cincuenta cocineros, veinte chefs, veinte jefes pasteleros y del coctel se encargó Perico Chicote. El generalísimo Franco no fue invitado al jardín de rosas, geranios, y jazmines en el salón iluminado por dos mil velas de cera de abeja.
La segunda alianza de Cayetana fue con un doctor en Teología, 11 años menor, con quien vivió “un amor sosegado que le hizo dizque alcanzar la felicidad absoluta.” Tana, como le dicen de cariño los allegados, Duquesita de Montoro, nacida en 1926, en Madrid, decía que, Jesús, su plebeyo ex jesuita, era un regalo del cielo. Y él contestaba:
-Me levanto con el alba y con la Alba-. Con él, la duquesa, firmó ante notario la separación de bienes, Fabio y yo también firmamos capitulaciones, pero no las registramos, lo hicimos para acabar los chismes en mi empresa, pues los empleados decían que él iba por mi dinero.
 Entrada en los 85, la duquesa se casó por tercera vez, tras la instalación de una válvula para solucionarle problemas de hidrocefalia e isquemia cerebral. Quizás por eso, camino al altar, inocente, tiraba al viento el yugo de flores, y sus acompañantes lo recogían, para reacomodárselo, y ella, tan campante, volvía a tirarlo…
 Cuentan los españoles, que al lado de su tercer consorte goza con el flamenco, los toros y la pintura juguetona de arlequines, yo también pinto… paredes, y paisajes y bailo danza árabe. Me parece cruel la tauromaquia; los toros me gustan pero asados.
La duquesa hizo, de nuevo, donación, mediante escritura a sus hijos, de su herencia personal e histórica, y Alfonso dejó constancia, que no aceptaría ningún privilegio nobiliario o económico al casarse y ni siquiera después de fallecer la duquesa.              
En 1947 se le calificaba a la duquesa de Alba como la segunda novia más apetecible de Europa, primero estaba la otra novia del siglo: la Princesa Isabel.
La Tana exhibe colecciones del arte Español en más de veinte palacios. La casa de Alba debido a herencias y matrimonios es la casa noble Europea con mayor cantidad de títulos. Posee una de las fortunas más grandes conformada por terrenos agrícolas, que superan las 34.000 hectáreas, cuenta con propiedades inmobiliarias, sociedades, participaciones bursátiles..., en su biblioteca de más de 34.000 libros, se destaca la Biblia de Alba de 1433 salvada de la Inquisición y la primera en ser traducida al castellano, además cuenta con 21 documentos a mano alzada de Cristóbal Colón. y pinturas de Tiziano, Rubens, Goya, El Greco, Rembrant.
 Fabio  leyó que varios alcaldes españoles con su dinero compran, a nombre de su pueblo, billetes de lotería, esperando ganarla para realizar una buena gestión municipal, pues con lo de la alianza económica europea, quedaron tan pobres que lo único que pueden hacer los alcaldes es  llorar…y llorar.
Existió otra Cayetana, la primera Duquesa de Alba, quien se encaprichó, primero, con el Duque de Solferino, pero debido a su muerte repentina, se casó con el papá del Duque: Conde de Fuentes o sea, quedó en la familia, y al morir el duque papá, se casó en 1778, con el Duque de Argos. La dinastía de los de Alba data desde 1472, por concesión de Enrique Cuarto de Sevilla y olé.
 A la otra Cayetana, la de Silva y Álvarez, la segunda en ostentar el ducado por derecho propio, musa de Goya, musa, que no moza; a sus doce años, su abuelo la casó con un primo, no tuvo descendencia y adoptó a una niña negra a quien llamó María de la Luz. La duquesa conocida como mecenas de Francisco de Goya, fue la mujer más controvertida de la época, debido a su hermosura, sensualidad y vida liberal. Aseguran que tuvo un romance con Goya quien la retrató en sus cuadros. El se sintió desengañado debido a su carácter caprichoso. Se cree que fue la modelo de la Maja Desnuda, otros lo niegan y dicen que fue una tal Pepita Tudó. Juran que la Alba salía en las noches disfrazada de maja para disfrutar de las diversiones vedadas a las señoras respetables, al sentirse muy atraída por toreros y por hombres de condición social inferior. Se cuenta que veleidosa y ostentosa, mantenía cierta rivalidad con la Reina María Luisa; ambas importaban vestidos exclusivos de París. En una ocasión, Cayetana plagió un diseño pensado para la Reina y vistió con la misma ropa a sus criadas, con el fin de ridiculizar a la Reina y lo logró. Murió a los 40 años y heredaron sus bienes libres, un hijo de Goya, María de la Luz y algunos de sus médicos y criados. Dicen unos que murió de fiebre, otros que la asesinó un tal Godoy azuzado por la reina María Luisa. En 1842 hubo que trasladar sus restos de la capilla de los de Alba al cementerio de San Isidro y se descubrió que tenía las piernas cortadas y le faltaba un pie.
 A la tercera duquesita, la roquera, la cortejaron príncipes y banqueros. Como a su antepasada, Picasso quiso pintarla desnuda, pero a ella le gustaban más los toreros; cuentan que vivió un romance con el sevillano Pepe Luis Vásquez, el mejor torero de capa, pero el Duque papá la pilló y les cortó la relación. Las tres Cayetanas, tenían el mismo cabello alborotado y dorado de león y las tres se casaron con la misma tiara de diamantes y perlas. Cayetana, la veinte veces grande, tuvo excentricidades que pudo permitirse gracias a su fortuna. Como ella afirma: “hizo de su vida lo que le vino en gana”, por eso se fue a Tailandia a pasar su tercera luna de miel. Señora que a sus 85 años se define como una mujer apasionada y con carácter, que no renuncia al amor y que asegura que: “en la vida hay que dejarse arrastrar por la pasión y ser feliz”.
 En las playas de Ibiza, exhibió sus carnes caídas, que se adivinaban a través de su bikini. Y en las playas de Formentera cambió su calzón mojado por uno seco, tapándose hasta la cintura sólo con una toallita de sus nietos, pues no quería pasear con el trasero húmedo. Su linaje le permite no arrodillarse ante el Papa, ¿cómo no iba a hacer lo que le viniera en gana? Si posee el record Guiness por tener más títulos que cualquier otro noble y hasta es pariente lejana de la reina Isabel II.
 Mi abuelo, José Restrepo y Franco, dueño de la Loma de Pozo, casó con una pollita 50 años menor que él. Y a ella el portero del hotel en San Andrés en donde pasaba su luna de miel, le dijo: “Niña aquí le dejo su abuelito las llaves.”
 La esposa del primer ministro de Irlanda del Norte fue infiel con uno de 18 años, 39 menor que ella, a quien le regaló un café bar, que el amante tuvo que devolverle al gobierno. Mi Fabio que no tenía casa ni trabajo, ahora siendo yo su talismán, tiene una casa pequeña, un perro, una moto, hace poco fiamos un carro y ahí me sigue llamando la misma boba para asegurarme que él se va a casar con ella en julio.
 Mi vecina le lleva unas ganas … y el otro día no reparó en preguntarme: “Usted, ¿es la mamá de Fabio?   Y he de vivir esta pasión, teniendo a Tanita por ejemplo y aún cuando él me diga:  “Mira amor cuando mi mamá nació, tú ya tenías ocho años.”


ALEIDA. Por: Víctor Quintero


Cinco de la mañana. Resuenan las alumínicas ollas concibiendo el arroz con coco y atún para el almuerzo de los niños. La chocolatera arremolina esfuerzos dulces y amorosos, una taza, dos tazas, tres tazas. En la cacerola están los huevos con tomate y cebolla cantando a un ritmo aceitoso y aliñado. En otra olla silban yucas apuradas por ablandarse y mezclarse con el guiso pimientoso rojo y sabrosón. La orquesta es dirigida desde el centro de la cocina por los cantos a capela de Aleida, al ritmo de sus manos habilidosas que toquetean los instrumentos culinarios, artefactos de percusión que alegran la madrugada citadina del noroccidente apenas despertando.
Se abren las persianas de un día más. Levantada desde las cuatro de la mañana, Aleida prepara el almuerzo para sus hijos, Nicolás y Manuela, pequeños seres de piel canela, estudiantes matutinos y soñadores empedernidos. Ella, madre con sangre de maracuyá, debe dejar sus hijos todo el día al cuidado amable, pero distante, de las vecinas. Aleida se rebusca la vida en todos los oficios habidos y por haber, sus capacidades abarcan desde el lavado de ropa hasta la exquisita cocina pacífica, el aseo de casas y la venta de mazorcas con mantequilla en el centro de la ciudad.
Cada día, Aleida sale a bailar cumbias con su destino, y como es bien sabido por los negros de Palenque, la música se baila desde el corazón y se expresa en sonrisas color marfil. Hoy es jueves de Centro y  los tambores anuncian jornada larga. Aleida sale de casa y toma el bus que la arribará hasta El Palo con Ayacucho. En el recorrido observa por la ventana los cambios paisajísticos de la urbe, nota cómo se va transformando su arquitectura de barrio periférico a calles con edificios gigantescos, de colores claros  y repletos de ventanales. El verde se queda atrás, los árboles escasean y el aire se vuelve sonido, pero el color… el color de la vida sigue intacto: anaranjado como la papaya, dulce como el mango, brillante como el sol, sabroso como el zapote.
− ¡Parada! – grita Aleida para que el bus se detenga. Aún no se acostumbra a tocar el timbre.
El pie izquierdo es el primero en tantear el andén. Aleida baja por Ayacucho hasta La Oriental en busca de don Celestino, un conocido quibdoseño que semanalmente le presta una carreta frutera. Son las siete y trece minutos de la mañana. Catorce minutos después la carreta está cargada y lista para el acto principal en la esquina de la Iglesia San José. Respira hondo, afina la garganta, se recoge el cabello con la pañoleta y comienza la función:

Aguacate
Con sal y dos rodajas de tomate
Vení hombre, antojáte.

Piña, fresa, mora
Pa’ la ensalada y el jugo
Comprá señora.

Lulo, kiwi y banano
Porciones de frutas
Pa’ que comás sano.

Compras vienen, compras van, compras al compás. Cantos vienen, cantos van, cantos alegóricos, cantos sin igual. Magníficas tonadas inundan el puesto de frutas atrayendo ciudadanos desprevenidos cual serenata barranquera: suave, pícara y coqueta.
Una de la tarde y veintitrés minutos: la carreta no tiene más melodías frutales para vender. Aleida devuelve la carreta, agradece con una sonrisa y se va calmadamente, con su tumbao natural, hacia la Plazuela de San Ignacio. Se sienta en la banca más cercana a la Ceiba, se descalza los pies y abre el recipiente donde tiene el almuerzo. Come, bebe agua, saborea lentamente cada sensación gustativa, explosiones extáticas al interior de su boca.
Hace calor, la plaza está llena. Hoy hay feria artesanal. Los toldos están organizados estratégicamente con la  intención de atraer y engullir a todo visitante, sea turista, sea un transeúnte habitual como Aleida que ya se ha dejado tentar. Pasa de toldo en toldo observando con sus dedos y palpando con su mirada cualquier diminuto objeto que llama su atención.
− Este le va a gustar a Manuelita− dice mientas compra un anillo de tagua.
En el corazón de la feria, al redor de la fuente, comienza la rumba. Retumban tambores, ululan las gaitas, vibran las maracas y empieza el bailoteo. Aleida escucha la algarabía y sale decidida al danzón, sin complicaciones, sin prejuicios, sin vergüenzas ajenas se mueve al calor del ritmo, girando y cantando al son, perfectamente sincrónica y hermosa. Un paso adelante, un paso atrás. Eleva las manos y gira mirando al cielo, viviendo el día cómo si fuera el primero de su existencia, disfrutando de las corrientes veraniegas que le recuerdan su pueblo natal. Se mueve con soltura, la música le lanza hilos invisibles y la maneja a su antojo, está poseída, exaltada, feliz. La percusión eriza sus venas, baila sin parar, sabrosura tropical. Imposible no quedar maravillado con tan sutil contoneo.
Son las cuatro y cuarenta. Aleida sale apresurada hacia la Avenida La Playa. Tanto baile la distrajo de sus obligaciones. Debe ir a armar su puesto de mazorcas. Compra un guarapo, agarra sus pertenencias y toma nuevo rumbo.
Al llegar a su esquina habitual construye rápidamente la parrilla con cuatro palos, un recipiente para el carbón y la rejilla que ha cargado todo el día. Enciende el carbón que va chispeando musicalidades confundiéndose con los ronroneos de los carros. Aleida monta los maíces, los voltea cuidadosamente con el mismo amor con que prepara la comida en casa y los barniza con mantequilla de vaca y un poco de sal. Algunos granos explotan y sisea la relación entre mantequilla y calor, sumándose a la sinfonía inaugurada por el carbón. El ritmo ha resurgido desde la cotidianidad, pero aún falta la voz principal del coro, falta la voz una voz negra.

Yo ettoy alegre con mi hermano
Ettoy alegre con Batata,
Batata e mi hermano
Qui ha llegao e la playa
Viene con el pejcao…

– Señora, dos mazorcas –
– ¿Para llevar o para comer acá? –
– Para comer aquí –

…Qui ha llegao e la playa
Viene con el pejcao
Cantando la cumbia e Senaida
Y bailando el son
Yo ettoy alegre con mi hermano

Canta Aleida con voz cansada, desgastada, con voz de fruta madura y cáscara débil. Exhala euforia por su garganta ronca. Su piel suda a causa del bochornoso fogón que quema la noche, resaltando la aspereza de su piel, contrastando la claridad de las palmas de sus manos.
Ocho de la noche. Hora de regresar a casa. Una hora más tarde encuentra a los niños durmiendo. Ambos comparten una cama sencilla, están acostados en posiciones opuestas, Manuela mirando hacia la pared, Nicolás mirando hacia al chifonier. Por fortuna, los niños saben prepararse la comida: asar dos arepas, coger dos tajadas de quesito y servirse la aguapanela. Aleida los contempla desde la puerta, se acerca silenciosamente, y forma un vínculo afectivo besando sus dedos índice y corazón y transportándolos, a través del universo, hasta los labios de sus hijos.
Mira por la ventana, observa las lucecitas titilantes del otro lado de la montaña, pequeños puntos naranjados cual estrellas terrenales. La luna está menguando, arrulla su cuerpo fatigado, enamora su alma caprichosa, irisa su imaginación de adolescente. Es tarde, la noche deambula por el cielo como un funámbulo semaforero.
– Hasta mañana, risueña ciudad –