miércoles, 3 de abril de 2013

¡ LOS NECESITO MADUROS!.Por: Maribel González Berrio


Estaba en la cocina de su casa, sentado en una silla y su cara reposaba sobre la mesa que estaba enfrente de él. Estaba realmente enfadado, no podía creer que había perdido tanto tiempo en la búsqueda —por cierto inútil— de unos cuantos tomates frescos y maduros.

Se había levantado a las 5:00 de la madrugada. Odiaba madrugar tanto, pero era día de “pico y placa” y para llegar a su oficina debía caminar unas cuadras después de tomar el Metro. Se duchó rápidamente y salió de casa rumbo a la estación. Paso lento; pero constante y, en cuestión de minutos, estaba frente a la taquilla comprando el tiquete. Se bajó del tren cinco estaciones después, junto con un puñado de personas todas uniformadas igual que él, camisa lisa manga larga, pantalón oscuro con el quiebre planchado por el frente  y corbata monocromática a rayas.

Era una mañana ruidosa y el humo que desprendían los carros sofocaba el aire, pero esto poco le interesaba. Debía autorizar la compra de nuevos electrodomésticos para las cafeterías del edificio para el que trabajaba, terminar varios informes —nada divertidos— sobre los gastos del mes pasado y, finalmente, preparar la cena para él y su prometida. Esto último era lo que de verdad le preocupaba. Su novia tenía un paladar refinado y esta vez quería causarle una buena impresión preparando unos tomates gratinados con queso pecorino. Habían acordado que se verían a las 6:00 de la tarde en su casa para comenzar a cocinar; sin embargo, él terminaba de trabajar a la hora del almuerzo y decidió que cocinaría sin su ayuda para tener todo listo para cuando ella llegara.

Al mediodía salió del edificio dispuesto a comprar los ingredientes. 250 gramos de queso, un manojo de perejil, aceite de oliva, pimienta, orégano, unas hojas de albahaca y un calabacín para darle el toque secreto. Encontró todo lo que necesitaba en la primera verdulería en la que entró. Todo menos el ingrediente principal, los tomates. Se molestó un poco, debía caminar seis cuadras para llegar a la próxima tienda y el calor del mediodía era abrasador y asfixiante. Decidido, apuró el paso, el camino se hizo más largo de lo habitual.

Black cherry, bombilla, eros, cherry pera amarillo, tomatillo, blondkopfchen, green sausage, había de todas las variedades de tomates a excepción del applause que necesitaba para su plato. Sólo podía ver unos cuantos, verdes como las praderas más puras de Benaocaz y duros como el concreto después de secar. Hizo una mueca y salió malhumorado del lugar.

A siete cuadras hacia el sur estaba ubicada la siguiente tienda más cercana, pero allí tampoco halló tomates. El episodio se repitió no una, ni dos, sino cinco veces más. Desesperado corría por la calle, daba la impresión de que se encontraba en un exagerado estado de embriaguez. De repente se detuvo, dejó caer la bolsa de la única compra que había realizado hasta el momento y una sonrisa apareció en su rostro. En la tienda al otro lado de la calle había tomates, ¡tomates rojos! tan rojos como las flores del árbol del coral, podía verlos desde ese lado de la calle. Cruzó a toda prisa, entró en la tienda y pidió a uno de los vendedores una libra de los tomates que tenían en la entrada, pero ¡oh! sorpresa, los tomates habían “desaparecido”, una mujer los había comprado segundos antes.

Sintió un enredo enorme en la garganta, le faltó el aire, un nudo de trébol como el de los boy-scouts es lo más parecido a lo que tenía atascado en el cuello. Lo invadieron unas profundas ganas de llorar y, nuevamente, el desespero se apoderó de él. El vendedor y los demás compradores del lugar trataron por todos los medios de tranquilizarlo, pero fue imposible. Él sólo quería tomates rojos frescos y maduros.

Desconsolado, abandonó la tienda y abordó un bus que lo llevaría a casa. Tras unos eternos veinte minutos de viaje, llegó a su destino.

Triste, abatido, enojado y desilusionado pensaba en todo el tiempo perdido, en lo defraudada que estaría su prometida —aún cuando ella no sabía de la sorpresa—. Sonó el timbre, era ella. No se apresuró a abrir. Desalentado como estaba y con los pies pesados caminó lento hasta la puerta. Abrió y todo cambió al ver lo que ella traía en sus manos, ¡una bolsa llena de tomates maduros! Su novia había recorrido casi toda la ciudad en busca de los ingredientes, traía ya consigo todo lo necesario. Lo último que consiguió fueron los tomates que, de no ser por un hombre borracho que corría atravesando calles a diestra y siniestra, no hubiera visto en la tienda a pocos pasos de donde ella estaba, allí los encontró deliciosos y jugosos en la entrada.

Se abrazaron y comenzaron a cortar los tomates.

1 comentario:

  1. Me gusta mucho la forma descriptiva de cada detalle en el cuento. Estuvo muy bien redactado.

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